¿Quién gobernará Grecia, sus ciudadanos o los banqueros?

Posted on 13 Abril 2012

0


Peter Bratsis | Truthout, News Analysis

El dilema más presente e importante en la política moderna ha sido elegir entre los deseos y las demandas políticas de los ciudadanos y la prudencia y la habilidad de los burócratas y los especialistas. Para los más inclinados a la democracia, como Maquiavelo y Aristóteles, los juicios de la mayoría,  aunque suelen ser imperfectos, son más dignos de confianza que las órdenes de las elites. Los pocos, no importa cuáles sean sus credenciales o sus honores, nunca pueden igualar la inteligencia colectiva de la multitud. Para otros, incluidos aquellos que elaboraron la Constitución de los Estados Unidos, los caprichos y los deseos de los muchos son una gran amenaza al orden social, y algunos pocos notables deben permanecer como una fuerza moderadora entre ellos y los instrumentos del gobierno.

Yiannis Biliris (Greekriots.com)

Los acontecimientos recientes en Grecia han persistido en esta tensión. La crisis económica griega se describe a menudo como el resultado de un exceso de democracia, o de la condescendencia de los políticos ante las demandas de empleo, pensiones e impuestos más bajos de los ciudadanos. La troica del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE) y la Unión Europea ha intervenido para deshacer el daño intentando romper los lazos entre los residentes de Grecia y los que los gobiernan. La troica ha impuesto estrictas directrices políticas, formuladas por economistas y otros especialistas, y monitoriza estrechamente la implementación de estas políticas por parte del gobierno griego. Recientemente, ha pedido garantías por escrito a todos los partidos políticos griegos de que los programas de austeridad seguirán manteniéndose sin importar el resultado de cualesquiera elecciones futuras. Cualquier movimiento “regresivo” que se acerque a las demandas del pueblo griego provocará rápidamente recortes de la troica.

La sorprendente aunque tímida convocatoria hecha en noviembre pasado por el primer ministro Yorgos Papandreu de un referéndum sobre la deuda provocó su renuncia inmediata. Tendencias tecnocráticas aparte, en cuanto dirigente electo Papandreu sentía obviamente alguna obligación de buscar apoyo popular. El sustituto de Papandreu, Lukas Papademos, fue, al menos de facto, nombrado por la troica por sus capacidades técnicas y su dedicación a los principios del FMI y del BCE. De hecho, es difícil imaginar un tecnócrata especializado con mejores credenciales o más probado que Papademos, que obtuvo un doctorado en Economía por el MIT, enseñó Economía en la Universidad de Columbia y en la Universidad de Atenas, y fue vicepresidente del BCE. Liberado del constreñimiento de pensar sobre su reelección y sin ninguna oposición formal significativa (el gobierno Papademos es una coalición de los dos partidos principales y la extrema derecha; solo los dos partidos de izquierdas, con unos escasos 30 escaños de un total de 300, está fuera de la coalición), Papademos fue puesto en el poder para profundizar en los recortes y en las reformas supuestamente necesarias para lidiar con la crisis. Finalmente, la gobernanza prudente sustituiría al populismo irresponsable.

Pero hay que subrayar que no solo los Angela Merkels y los Mario Draguis del mundo quieren minimizar los lazos entre el Estado griego y sus residentes. Son muchos los ciudadanos griegos que también afirman que la causa principal de todo el problema actual de Grecia es la excesiva aproximación entre los políticos que hacen las políticas públicas y los ciudadanos comunes. En un seminario reciente titulado “Por Grecia, ¡ya!”, un pequeño grupo de académicos y políticos famosos advertía sobre el desastre si Grecia abandonaba la zona Euro y presentaba el populismo como la principal fuente de los problemas griegos. Se presentaron sugerencias absurdas: que los profesores universitarios enseñen algunas horas por semana en las escuelas y que quienes tengan dinero extra lo donen para ayudar a aliviar la crisis financiera. Nikos Alivizatos, hasta entonces un respetado jurista, lazó el risible argumento de que las elites políticas griegas no pueden considerarse responsables de la crisis actual porque en 2007 las agencias de crédito todavía evaluaban los bonos griegos como AAA. En cualquier caso, el principal argumento de las intervenciones fue que ha llegado el momento de acabar con el populismo en Grecia y de instituir las amplias reformas y transformaciones necesarias para hacer que Grecia sea económicamente competitiva. 

Ya sea expresado por los políticos alemanes o por los académicos griegos, el argumento en contra de la democracia popular es doble: que los problemas de Grecia se derivan, fundamentalmente, de que los políticos han cedido a las demandas de los ciudadanos y, aún más importante, de que “los mercados” son el único juez que puede valorar qué políticas son prudentes y adecuadas. Sólo adulando a los mercados podrá emerger Grecia de lo que de otra manera será una ruina segura. Por eso, los especialistas pragmáticos y desapasionados son los formuladores ideales de las políticas públicas. Las personas comunes, ciegas como están por sus propios intereses, no son fiables ni plenamente capaces de comprender las necesidades políticas del momento. Cuanto más autónomos sean los que formulen las políticas públicas, mejor.

La primera oleada de medidas adoptadas por el régimen de Papademos proporciona una buena idea del tipo de políticas que instituiría un grupo tal, frío y desapasionados. Una de sus primeras innovaciones fue modificar una medida que había sido propuesta por Papandreu en noviembre del año pasado, una serie de recortes de las pensiones para discapacitados. La administración de Papademos, además de ahondar en los recortes, añadió una lista de incapacidades adicionales que incluían, entre muchas otras, la pedofilia y la piromanía. Muchos periódicos extranjeros se hicieron eco de la medida y la consideraron un síntoma más de la patológica manía griega por las pensiones y el desperdicio del dinero. Los representantes del gobierno corrigieron rápidamente esa información aclarando que se trataba sólo de una lista de posibles discapacidades, no de discapacidades susceptibles de recibir una pensión pública. Es fácil imaginar cómo habrá sido la reunión de los gurús máximos de la política griega, todos ellos sentados, probablemente, sobre sus pomposos diplomas en finanzas y administración de empresas, para tramar la cínica idea de que tales cambios conseguirían frustrar cualquier debate serio sobre los méritos y deméritos de recortar las pensiones de los discapacitados físicos. Este intento obvio, torpe y despreciable de obstruir cualquier discusión o crítica seria a la ley propuesta demuestra claramente cómo ven los muchos a los pocos.

Mucho más significativas, sin embargo, son las leyes aprobadas el 12 de febrero, a medianoche, justo a tiempo para la apertura de los “mercados” asiáticos. Además del último paquete de austeridad exigido por la troica, con sus recortes de salarios y pensiones, y sus planes para reducir el número de empleados públicos, también se revocaron muchas de las leyes laborales que existían hasta entonces. Muchas de las protecciones y las regulaciones por las que los trabajadores habían luchado en las pasadas décadas fueron eliminadas, sin discusión, en una noche. Mientras decenas de miles de manifestantes eran rociados con gases lacrimógenos y perseguidos por el centro de Atenas, décadas de leyes fueron revocadas en nombre de los mercados.

Son políticas estúpidas porque no solo es una certeza matemática que estos recortes de salarios y de puestos de trabajo provocarán una recesión económica aún mayor, sino también porque es igualmente cierto que un “Mercado” feliz no equivale a un crecimiento del empleo. La experiencia en Estados Unidos y en la mayoría de Europa durante los últimos 20 años ha sido que la gran expansión de la financierización y del capitalismo especulativo ha ido acompañada de tasas crecientes de desempleo y subempleo. A través de la automatización, se ha producido un decrecimiento constante e implacable de la demanda de empleo por parte del capital.

Stanley Aronowitz y William DeFazio han descrito bien este proceso en The Jobless Future, y hasta ahora no existe ningún indicio de que su diagnóstico sea erróneo. En el caso de Grecia esto es doblemente cierto, porque nunca en su historia el empleo en el sector privado ha supuesto más del 25 por ciento del total. De hecho, las personas que trabajan por cuenta propia en Grecia suman un asombroso 30 por ciento (la tasa más elevada del mundo), por encima de los que trabajan en el sector privado. Si el capitalismo fue incapaz de crear empleo en Grecia durante el boom económico y la expansión de la era post-bélica, ¿por qué deberíamos esperar que el capitalismo griego se convirtiese de repente ahora en creador de empleo? Con una tasa oficial de desempleo de alrededor del 20 por ciento, uno puede imaginar lo dura que será la situación durante los próximos meses.

La democracia en Grecia (y más allá) está atacada en dos frentes fundamentales. Por un lado, y el más visible, fuerzas externas e internas están intentando eliminar del proceso de toma de decisiones políticas las opiniones y las exigencias del pueblo griego. Los expertos y su hacer tecnocrático desplazarían así la agencia popular. La “democracia” quedaría reducida a un cascarón procedimental que respetaría el gobierno de la ley más que la ley del pueblo (dos años de protestas, huelgas y erosión del apoyo a los principales partidos políticos no han dado como resultado ninguna modificación de las políticas de austeridad).

Por otro lado, en un nivel mucho más profundo, el ataque a la democracia –de hecho, a la política misma– ocurre a través de la percepción de que es imposible que los seres humanos decidan sobre la justicia y la injusticia, el bien y el mal. Como se ha dicho ya, los mercados son percibidos como los jueces inescapables de qué medidas son necesarias y apropiadas. Ninguna consideración política puede superarlos. Así, por ejemplo, Ed Miliband, líder del Partido Laborista en el Reino Unido, reconoce que si fuera primer ministro también recortaría la deuda pública porque los “mercados” así lo piden. Lo mismo que en España: ninguno de los dos principales partidos políticos presenta una alternativa a tener que seguir las exigencias de los mercados. Los ejemplos de este pensamiento son demasiado numerosos para listarlos aquí. El principio democrático de que como comunidad somos autónomos (nos autogobernamos) da paso a la creencia de que somos gobernados que algo que está más allá de nosotros mismos (heteronomía). Todas las cuestiones relativas a qué tipo de educación puede ser mejor o cuánto hay que gravar a las empresas se consideran ahora como una elección de los mercados. Por ejemplo, una buena política educativa es la que produce individuos con las capacidades y las habilidades que “demanda” el mercado de trabajo.

El pueblo de Grecia está en un callejón sin salida, cada vez más aislado del poder estatal y apresado en la trampa del pensamiento heterónimo. La llamada democrática a ser activo en la vida política y entender la sociedad como algo que se crea a sí mismo y es autónomo está seriamente amenazada. Empujados a una posición pasiva, los griegos pueden hacer poco más que suplicar y pedir clemencia. Ciegos por la percepción de que los “mercados” son omnipotentes, no ven alternativas viables a sus dictados.

De todas formas, en Grecia muchos recuerdan todavía el impulso democrático. Recuerdan el rechazo a aceptar una necesidad histórica percibida y recuerdan que fueron el primer pueblo en repeler con éxito una invasión de las potencias del Eje durante la Segunda guerra mundial. Recuerdan al valiente grupo de estudiantes que se levantó contra las armas y los tanques de la Junta griega. Recuerdan las palabras de muchos poetas griegos, que expresaron su amor por la libertad y la verdad. Ven la valentía de algunos intelectuales públicos, como Mikis Theodorakis, que con 86 años ha vuelto a plantar cara a la violencia policial y ha dado voz a la lucha contra el autoritarismo.

Las posibilidades de que los ciudadanos de Grecia reconozcan su superioridad con respecto a las elites políticas griegas y a los tecnócratas de la troica están ahí. Más que pedir clemencia, necesitan recordar que son los autores de la sociedad. Recordar que en la famosa novela de James Cain, El cartero siempre llama dos veces, fueron necesarios dos intentos para matar “al griego”; el primero falló, pero dañó su memoria. Con la memoria dañada, el segundo intento tuvo éxito. Los griegos necesitan recordar su poder, su capacidad para gobernarse a sí mismos y para crear su sociedad de acuerdo con los principios que ellos mismos elijan. De otra manera, la heteronomía que se ha instalado en su cabeza los condenará a un desagradable, salvaje y largo futuro administrado por especialistas y gobernado por los “mercados”.

Peter Bratsis, profesor de Teoría política, Universidad de Salford, Manchester

Advertisements
Posted in: Stásis